.
  Bienvenid@  !!
   Ingresar  
   Registrarse
  Beneficios de registrarse
 
 
   Artículos  
   Reflexiones  
   Pensamientos Blog  
   Tu diario personal  
     
  Relax  
   
   
   
   
     
  Colaboraciones  
  Apasionate  
  Eres el piloto de tu propia vida  
     
  Recomendar este sitio
  a un amigo
 
  Tu nombre:   
  Email amigo:  
 

 
     
 

 

 

… Para permanecer en su amor o “la alegría de cumplir sus mandamientos”

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.

Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito (el que está al lado, consolando)

para que esté con ustedes de manera constante: el Espíritu de la Verdad,

a quien el mundo no puede recibir,

porque no lo ve ni lo conoce.

Ustedes, en cambio, lo conocen,

porque al lado de ustedes permanece

y en ustedes está.

No los dejaré huérfanos, vuelvo a ustedes.

Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán,

porque yo vivo y ustedes vivirán.

Aquel día  (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo estoy en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y cuida que se cumplan, ese es el que me ama;

y el que me ama será amado de mi Padre,

y yo lo amaré y me manifestaré claramente a él.

Le dice Judas - no el Iscariote -:

«Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte claramente a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió:

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará,

 y vendremos a él, y haremos morada en él.

El que no me ama no guarda mis palabras. Y

 la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado.

Les he dicho estas cosas estando entre ustedes.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre,

les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

 

Contemplación

 

            Este hermoso evangelio de Juan es muy concreto si uno recibe (y cuida) la gracia de experimentar las cosas que Jesús promete, si no, resulta lindo pero nos queda grande.

Por eso quisiera invitar a que cada uno haga su experiencia (en esto de relacionar el guardar los mandamientos de Jesús y experimentar la compañía de su Espíritu que nos hace comprender todo su Amor y su Verdad), compartiendo la reflexión sobre una gracia que tengo fresquita. Pasó así:

Al abrir la Iglesia hace dos días, a las 7 de la mañana, de entrada nomás me vino a manguear una vieja muy pesada que lo hace recurrentemente. Con cierta impaciencia, ya que hemos charlado el tema muchas veces, la derivé al horario correspondiente, después de la misa…

En el evangelio salió el pasaje que sigue al de hoy: “Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor” (Jn 15, 10). Y ya me quedó picando…

 

Al salir, media hora después, no viene que me la encuentro de nuevo a la mujer esta y me encara otra vez con el mismo lamento. Y aunque venía medio ablandado por el evangelio, me encapriché con que tenía que acudir al lugar correspondiente. Se lo dije de la mejor manera posible y seguí mi camino al Hogar.

Como ando meditando hace un tiempo qué implica para mí en esta etapa el que “se haga la voluntad de Dios en mi vida”, me vino el pensamiento de si lo que estaba haciendo estaba bien. Y ví que sí, que tenía razón en derivar este caso al lugar correspondiente, pero que aunque tenía razón no me quedaba en paz.

Agarré entonces la cosa al revés. Traté de recordar cuál mandamiento de Jesús correspondía a mi situación (eso de Juan Pablo II, que cuando le presentaban un problema lo primero que decía era: “veamos qué pasaje del evangelio ilumina este asunto”) y me vino: “Da al que te pide”. Por supuesto que me asaltaron inmediatamente varias “razones para no cumplir ese mandamiento en ese momento”. Razones del tipo: “Si me pongo a dar a tooodos los que me piden…, no llego al Hogar”. Sin embargo, miré la calle y no tenía el aspecto de que me iban a asaltar “tooodos” los mangueros del barrio. El único ser humano que me había pedido algo esa mañana, ya iba doblando la esquina, para el otro lado, media cuadra atrás.

Me paré como para volver, pero arranqué de nuevo unos pasos… “Si me voy a parar a considerar estas cosas cada vez que…”.

Acudí de nuevo al modo de razonar del evangelio, porque el mío no ayudaba. Mis razones van para el mismo lado y en este caso no me traían paz.

Traté de escuchar bien la frase del Señor: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor”. Y aquí el Espíritu me iluminó la segunda parte de la frase: permanecer en el amor de Jesús.

La verdad es que eso me gustaba. Al fin y al cabo es lo que estaba buscando  yo, independientemente de la viuda insistente: cuál es la voluntad de Dios en mi vida. Y esa frase me abría una perspectiva más amplia que la de una voluntad puntual. El Señor no me mandaba en primer lugar esto o aquello concreto sino una actitud interior: “permanecer en su amor”. Permanecer recibiendo y poniendo en práctica su amor. No salirme de su amor, ese es el mandamiento, aguantarme amando, no dejar que algo –ilusiones o angustias- me saque…

Y la condición para algo tan definitivo, para esa fuente de alegría constante –“para que su gozo sea completo”, no me pareció tan difícil.

Quizás era esa precisamente la razón más fuerte para no cumplirla. Como diciendo, “no puede ser que algo tan grande dependa de algo tan ocasional” (la abuela ya había desaparecido).

Dí media vuelta y mientras me apuraba a doblar la esquina acallé toda razón y la hice simple: el Señor a mí me mandaba permanecer en su amor, para ello tenía que cumplir sus mandamientos y ahí tenía a mano uno sencillo: darle algo a la abuelita que me había pedido. Al doblar por Sarandí ví que ya estaba casi en Rivadavia (seguro que yendo a manguear a otro, que se me presentaba ahora como uno que iba a aprovechar “mi” oportunidad!). Gracias al mejor estado físico, fruto de la gimnasia y la dieta, logré alcanzarla antes que cruzara la calle. Le dí un poco más de lo acostumbrado y, sin darle mucho tiempo a seguir charlando (por miedo a enroscarme de nuevo), le dí un beso y le pedí “Abuela, rece por mí”. Di media vuelta y a los dos pasos me alcanzó su “Que Dios lo bendiga, Padre Diego”…

Se ve que ella me bendijo de corazón porque, les confieso que, a partir de ahí, hace dos días que no paro de recibir bendiciones de todo tipo! Como si el Señor hubiera abierto por esta bendición de uno de sus pequeñitos, una compuerta de gracias que tenía guardadas para mí y las hubiera hecho llover sobre el Hogar todas juntas, aprovechando una de las pocas veces que le hago caso haciendo contra a mis razonamientos, por puro darle el gusto a Él. Lo que más me emociona –más que cada gracia- es darme cuenta de que es Él el que me las está mandando todas juntas. Que lo hace así, exageradamente, para que crea. Que actúa de manera ostensible y desbordante para convencerme de una vez por todas, para confirmar que es verdad que si “cumplo” uno de sus mandamientos por darle el gusto a El –“si tú lo dices…, echaré las redes”- aunque tenga razones muy razonables en contra, él me bendice.

El inspector municipal que cayó por su propia cuenta esa misma mañana, trayendo en una carpeta todos los papeles, planos, leyes y pedidos que habíamos ido enviando durante años, sin recibir más que respuestas evasivas por que no existían ni los rubros ni las oficinas para comenzar a tratar el tema que necesitábamos, no entendía bien mis preguntas acerca de quién era el que había decidido dar curso a nuestro pedido y cómo era que de golpe todo era tan simple. “Bueno, Padre, estamos trabajando. Ustedes argumentaron bien y se trata de darles los libros rubricados para que puedan funcionar. No hay nada complicado”.

Sí, le decía yo, pero durante años “todo era complicado”. Y pensaba para mí: “¿podrá ser que el Señor haya aprovechado este lapsus mío en que cumplí una de sus órdenes para concederme en ese momento una gracia que le había pedido hacía tiempo, de hacer que alguien en una oficina del Estado cumpliera con una ordenanza y destrabara un trámite que parecía eterno?”. El inspector me hizo acordar al Centurión, que cuando Jesús se asombró de su fe, le dijo que “él también tenía gente a cargo que cumplía sus órdenes, y por eso no veía nada raro en cumplir las órdenes de alguien como Jesús”.

Como siguieron llegando bendiciones de todo tipo –donaciones, colaboradores… (también bendiciones dolorosas, de poder compartir algunas cruces de gente que se acercó con mucho amor)- considero para mí esta lección del Señor como enseñada y confirmada:

“El que recibe mis mandamientos y cuida que se cumplan, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré claramente a él”.

Al tiempo que le pido a la Virgen y a San José la gracia de aprovecharme de esta lección tan linda y tan fuerte, espero que compartirla le ayude a cada uno a experimentar lo mismo, porque la verdad es que poder tener el amor del Señor tan a mano, es algo que no tiene precio.

Termino con algo de San Ireneo y de Teresita que refuerzan la gracia.

En la lectura del Breviario de la fiesta de San Marcos, Ireneo habla de la “integridad de la fe” que hemos recibido por los Apóstoles y sus discípulos. El Espíritu da la fe íntegra (enseña toda la Verdad de Jesús). Dice Ireneo:

“Y ni el que posee dotes oratorias, entre los que presiden las Iglesias, enseñará algo diverso a lo que hemos dicho (ya que nadie está por encima de su maestro) ni el que está privado de estas dotes aminorará por ello el contenido de la tradición. En efecto, siendo la fe única e idéntica para todos, ni la amplía el que es capaz de hablar mucho sobre ella, ni la aminora el que no es capaz de tanto”.

En los sacramentos se dice que “la iglesia suple” cuando hay algún defecto de forma, cuando se equivoca el cura, por ejemplo, y no dice alguna palabra correctamente, igual el Señor derrama su gracia y vuelve real y eficaz el sacramento.

Esto vale también para la caridad. Cuando cumplimos sus mandamientos, el Señor suple con su Amor nuestras imperfecciones y hace que el otro reciba su Amor entero a través de nuestros pequeños gestos y nos devuelve el ciento por uno en bendiciones y en agradecimiento.

Teresita decía que estaba convencida de que el Señor no la amaría más si fuera más santa ni la amaría menos si fuera más pecadora. En esta integridad y plenitud de la verdad y de la caridad, que es puro Don del Espíritu, es en lo que tenemos que permanecer, y para ello el Señor nos encomienda cumplir y custodiar que se cumplan sus pequeños mandamientos de cada día.

Hágase tu voluntad…

Diego Fares sj




  El Padre Jesuíta Diego Fares escribe regularmente estas reflexiones. Si estás interesado/a en recibirla en tu email envíanos un comentario desde el menú: click en Nosotros - Contáctenos


Volver a artículos      >

  ¿Te gustó?
Envialo a un amigo
Email de tu amigo:  
  Tu nombre:

Bibliografía: Libros de autoayuda - Libro autoayuda para soñar - Libros Bucay - Libros varios - Libros de pensamientos

 

 
 
 
     
Whexever © 2007-2008

misión - condiciones de uso - política de privacidad - contáctenos - artículos - reflexiones
meditación diaria - oración: Rosario interactivo - oracion mundial -
oración: Shema Israel - colaboradores - Pensamientos blog - Tu diario personal